Los 50 del Diez
Apenas habían pasado cinco minutos de las 7 y la madrugada empezaba a despedirse en el domingo 30 de octubre de 1960. En el amanecer, el vientre de Dalma Franco se abrió para dar a luz a un tal Diego Armando Maradona, en una de las salas del Policlínico de Lanús. Con el paso de los años, los laberínticos caminos del destino convertirían a ese pequeño bebé en la figura más destacada del fútbol mundial y en un ícono del pueblo argentino. En este sábado de cielo despejado, el Pelusa cumple medio siglo de vida y lo invadirá una lluvia de recuerdos felices y tristes, pero todos inolvidables.
Pese a la nula garantía que daban los techos de la humilde vivienda de Villa Fiorito, allí Diego engendró, cultivó y protegió el sueño de un futuro mejor. La fantasía de su zurda prodigiosa se hizo realidad el 20 de octubre de 1976, cuando debutó en la Primera de Argentinos en la caída por 1-0 ante Talleres de Córdoba, en La Paternal. Un año después, se presentó en la Selección Mayor y tuvo la chance de ir al Mundial de 1978, pero Menotti lo marginó a último momento. Su desquite llegó en 1979, cuando se coronó en la Copa del Mundo juvenil de Tokio. El Bicho lo disfrutó durante 166 partidos (116 goles) hasta 1981, año en el que se sumó a Boca para guiar al club de sus amores en la conquista del Metropolitano. Desde su estreno con dos goles ante Talleres en la Bombonera, el romance con el pueblo xeneize no paró de crecer.
Una temporada más tarde, el Ángel de los Cabecitas Negras partió rumbo a Barcelona para iniciar su periplo europeo. Debutó el 5 de septiembre de 1982, en la caída por 2-1 ante Valencia, y marcó el único gol del elenco culé. Pero las expectativas en Cataluña no se pudieron cumplir debido a una hepatitis y a la tremenda patada de Andoni Goikoetxea, que le rompió los ligamentos del tobillo izquierdo. La conquista de la Copa del Rey de 1983 fue una de las escasas alegrías en el paso por el Barsa, donde disputó 50 encuentros y señaló 38 tantos. Su despedida fue el 15 de abril de 1984 y lo esperaba un futuro napolitano...
Entre las carencias económicas y la pasión del sur de Italia, Maradona halló un lugar ideal para regalar los mejores retazos de su repertorio. Su idilio con los tifosis fue mágico durante los casi siete años que duró su etapa en el club, entre el 23 de septiembre de 1984 y el 24 de marzo de 1991. Jugó 259 partidos, señaló 115 y ganó cinco títulos (dos ligas, una Copa Italia, una Copa UEFA y una Supercopa Italiana). Una parte de Diego quedó para siempre en el césped del San Paolo, que aún cruje cada vez que se invoca el recuerdo del argentino. "Al Napoli lo hicimos de abajo, bien de laburantes. Los napolitanos daban la vida por mí", reconoció el Diez.
Si bien ya reinaba sin corona, Diego ratificó su condición de leyenda con una actuación soberbia en el Mundial de México 1986. Urgía la necesidad de saldar la deuda pendiente de España 1982, donde apenas había marcado dos goles ante Hungría y había sido expulsado frente a Brasil. Se apretó la cinta de capitán que le entregó Bilardo, afiló su gambeta e hizo todas las maravillas posibles. En el duelo de cuartos ante Inglaterra, apeló a la picardía para instaurar la Mano de Dios y sacó el pincel para dibujar el gol más hermoso de la historia. Para sellar una faena que aún estremece, le cedió el gol del título a Burruchaga con una asistencia quirúrgica. El pueblo argentino se unió en un grito desaforado e inundó las calles con el placer de sentirse en la cima del planeta por segunda vez en la historia. "El título se lo dedico a los que nos mataron sin piedad y a todos los niños del mundo", fue la dedicatoria maradoniana.
Cuatro años después, llegó el Mundial de Italia 1990 y la obligación de defender el cetro logrado en el Azteca. A pesar de sus problemas físicos, Diego le aportó su magia a un equipo pragmático que logró alcanzar la final gracias a la intuición de Sergio Goycochea. Pero Alemania y una discutida decisión arbitral frustraron el ansiado bicampeonato. El retorno a Napoli distó de ser ideal por cuestiones ajenas a la pelota y el próximo desafío de Maradona fue Sevilla, donde apenas disputó 30 partidos y celebró siete goles en la temporada 1992/93. Allí, volvió a ser dirigido por Bilardo, aunque los resultados no fueron positivos. Cuatro meses después de dejar Andalucía, Maradona retornó al país para vestir la casaca rojinegra de Newell's (jugó cinco partidos y no marcó tantos). En paralelo, se calzó el overol para ayudar a la Selección de Alfio Basile a clasificar al Mundial de 1994, logro obtenido tras vencer a Australia en el repechaje.
En la Copa del Mundo de Estados Unidos, Maradona desafío nuevamente al mundo y a su propia grandeza. Con 33 años, se trazó el objetivo de volver a ser campeón ecuménico. El 25 de junio, Argentina venció por 2-1 a Nigeria con un gran partido de su astro y gritó a viva voz que era uno de los favoritos. Sin embargo, la euforia se disipó con el control antidoping positivo por efedrina. La AFA marginó a Diego del Mundial y el sueño argentino se fue con él. El "Me cortaron las piernas" hizo llorar a todos y se patentó como frase sinónimo de dolor y desilusión.
La FIFA le aplicó una sanción de 15 meses y Maradona probó suerte como técnico de Mandiyú y Racing, entre octubre de 1994 y mayo de 1995. Los resultados no fueron los esperados porque el Diego jugador aún estaba vigente. En julio de 1995, Diego firmó contrato con Boca y le dio rienda suelta a su retorno a las canchas, justo en el club que más movilizaba a su corazón. Fueron tiempos de escándalos y polémicas derivados de su reconocida adicción a las drogas. Y también de curiosidades: erró cinco penales consecutivos en el Clausura 96. El 14 de septiembre de 1997, en el triunfo por 2-1 sobre Newell's, Diego hizo su último gol. Su despedida llegaría el 25 de octubre, en el Superclásico ante River (salió en el entretiempo para dejarle su lugar a Riquelme). Se terminaba una era en el fútbol mundial.
Durante sus 50 años, Maradona tejió lazos directos con la polémica, la confrontación y la contradicción. Protagonizó múltiples duelos picantes (Pelé, Ruggeri, Passarella, Chilavert, Toresani, entre muchos otros) y atacó con dureza a la FIFA, que lo condecoró como el mejor de todos. Al mismo tiempo, defendió ideales y hasta inspiró una pseudo-religión (La Iglesia Maradoniana).También se acercó demasiado al umbral de la muerte en 2000 y 2004, pero supo eludirla con fintas azarosas. "Los que me creían muerto, que se jodan", disparó Diego, quien también reconoció: "Es evidente que tengo línea directa con el Barba ". El 10 de noviembre de 2001, en el partido de homenaje en la Bombonera, inmortalizó otra declaración de vida: "Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha".
La operación de bypass gástrico a la que se sometió en Colombia, en 2005, le permitió bajar 50 kilos en escasos meses. Luego, sobrevino el famoso programa televisivo y el showbol. En noviembre de 2008, la vida le dio una chance única: dirigir a su amada Selección Argentina. Debutó el 19 de ese mes ante Escocia, en el Hampden Park (triunfo por 1-0), y su mensaje motivador parecía ser el as de espadas. En febrero de 2009, Riquelme se bajó del proyecto por "códigos". El equipo no encontró identidad y quedó al borde de no ir al Mundial de Sudáfrica, luego de las derrotas ante Bolivia, Ecuador, Brasil y Paraguay. El gol de Palermo ante Perú y el triunfo sobre Uruguay en el Centenario disiparon los nubarrones. Entonces, llegó el cruce con un sector de la prensa ("La tienen adentro") y otra ola de polémicas.
El Diego técnico cambió críticas por elogios en el arranque del Mundial y el elenco argentino se instaló entre los favoritos, aun con sus problemas de equilibrio táctico. Sin embargo, la dolora
derrota ante Alemania en los cuartos hizo añicos el sueño sin piedad. La cúpula de la AFA pidió cambios en el cuerpo técnico y Maradona optó por no traicionar a sus ayudantes. No hubo acuerdo y el crack sentenció su adiós con dos feroces ataques: "Grondona me mintió y Bilardo me traicionó". La espina quedó clavada en el corazón y aún duele. Mientras tanto, el ídolo define qué nuevo desafío asumirá en esta vida de leyenda. Pero no hay duda alguna que, a la hora de soplar las velitas en Ezeiza, el Diez involucrará a la Selección en alguno de sus tres deseos. Que los cumplas, Diego Armando...
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Pese a la nula garantía que daban los techos de la humilde vivienda de Villa Fiorito, allí Diego engendró, cultivó y protegió el sueño de un futuro mejor. La fantasía de su zurda prodigiosa se hizo realidad el 20 de octubre de 1976, cuando debutó en la Primera de Argentinos en la caída por 1-0 ante Talleres de Córdoba, en La Paternal. Un año después, se presentó en la Selección Mayor y tuvo la chance de ir al Mundial de 1978, pero Menotti lo marginó a último momento. Su desquite llegó en 1979, cuando se coronó en la Copa del Mundo juvenil de Tokio. El Bicho lo disfrutó durante 166 partidos (116 goles) hasta 1981, año en el que se sumó a Boca para guiar al club de sus amores en la conquista del Metropolitano. Desde su estreno con dos goles ante Talleres en la Bombonera, el romance con el pueblo xeneize no paró de crecer.
Una temporada más tarde, el Ángel de los Cabecitas Negras partió rumbo a Barcelona para iniciar su periplo europeo. Debutó el 5 de septiembre de 1982, en la caída por 2-1 ante Valencia, y marcó el único gol del elenco culé. Pero las expectativas en Cataluña no se pudieron cumplir debido a una hepatitis y a la tremenda patada de Andoni Goikoetxea, que le rompió los ligamentos del tobillo izquierdo. La conquista de la Copa del Rey de 1983 fue una de las escasas alegrías en el paso por el Barsa, donde disputó 50 encuentros y señaló 38 tantos. Su despedida fue el 15 de abril de 1984 y lo esperaba un futuro napolitano...
Entre las carencias económicas y la pasión del sur de Italia, Maradona halló un lugar ideal para regalar los mejores retazos de su repertorio. Su idilio con los tifosis fue mágico durante los casi siete años que duró su etapa en el club, entre el 23 de septiembre de 1984 y el 24 de marzo de 1991. Jugó 259 partidos, señaló 115 y ganó cinco títulos (dos ligas, una Copa Italia, una Copa UEFA y una Supercopa Italiana). Una parte de Diego quedó para siempre en el césped del San Paolo, que aún cruje cada vez que se invoca el recuerdo del argentino. "Al Napoli lo hicimos de abajo, bien de laburantes. Los napolitanos daban la vida por mí", reconoció el Diez.
Si bien ya reinaba sin corona, Diego ratificó su condición de leyenda con una actuación soberbia en el Mundial de México 1986. Urgía la necesidad de saldar la deuda pendiente de España 1982, donde apenas había marcado dos goles ante Hungría y había sido expulsado frente a Brasil. Se apretó la cinta de capitán que le entregó Bilardo, afiló su gambeta e hizo todas las maravillas posibles. En el duelo de cuartos ante Inglaterra, apeló a la picardía para instaurar la Mano de Dios y sacó el pincel para dibujar el gol más hermoso de la historia. Para sellar una faena que aún estremece, le cedió el gol del título a Burruchaga con una asistencia quirúrgica. El pueblo argentino se unió en un grito desaforado e inundó las calles con el placer de sentirse en la cima del planeta por segunda vez en la historia. "El título se lo dedico a los que nos mataron sin piedad y a todos los niños del mundo", fue la dedicatoria maradoniana.
Cuatro años después, llegó el Mundial de Italia 1990 y la obligación de defender el cetro logrado en el Azteca. A pesar de sus problemas físicos, Diego le aportó su magia a un equipo pragmático que logró alcanzar la final gracias a la intuición de Sergio Goycochea. Pero Alemania y una discutida decisión arbitral frustraron el ansiado bicampeonato. El retorno a Napoli distó de ser ideal por cuestiones ajenas a la pelota y el próximo desafío de Maradona fue Sevilla, donde apenas disputó 30 partidos y celebró siete goles en la temporada 1992/93. Allí, volvió a ser dirigido por Bilardo, aunque los resultados no fueron positivos. Cuatro meses después de dejar Andalucía, Maradona retornó al país para vestir la casaca rojinegra de Newell's (jugó cinco partidos y no marcó tantos). En paralelo, se calzó el overol para ayudar a la Selección de Alfio Basile a clasificar al Mundial de 1994, logro obtenido tras vencer a Australia en el repechaje.
En la Copa del Mundo de Estados Unidos, Maradona desafío nuevamente al mundo y a su propia grandeza. Con 33 años, se trazó el objetivo de volver a ser campeón ecuménico. El 25 de junio, Argentina venció por 2-1 a Nigeria con un gran partido de su astro y gritó a viva voz que era uno de los favoritos. Sin embargo, la euforia se disipó con el control antidoping positivo por efedrina. La AFA marginó a Diego del Mundial y el sueño argentino se fue con él. El "Me cortaron las piernas" hizo llorar a todos y se patentó como frase sinónimo de dolor y desilusión.
La FIFA le aplicó una sanción de 15 meses y Maradona probó suerte como técnico de Mandiyú y Racing, entre octubre de 1994 y mayo de 1995. Los resultados no fueron los esperados porque el Diego jugador aún estaba vigente. En julio de 1995, Diego firmó contrato con Boca y le dio rienda suelta a su retorno a las canchas, justo en el club que más movilizaba a su corazón. Fueron tiempos de escándalos y polémicas derivados de su reconocida adicción a las drogas. Y también de curiosidades: erró cinco penales consecutivos en el Clausura 96. El 14 de septiembre de 1997, en el triunfo por 2-1 sobre Newell's, Diego hizo su último gol. Su despedida llegaría el 25 de octubre, en el Superclásico ante River (salió en el entretiempo para dejarle su lugar a Riquelme). Se terminaba una era en el fútbol mundial.
Durante sus 50 años, Maradona tejió lazos directos con la polémica, la confrontación y la contradicción. Protagonizó múltiples duelos picantes (Pelé, Ruggeri, Passarella, Chilavert, Toresani, entre muchos otros) y atacó con dureza a la FIFA, que lo condecoró como el mejor de todos. Al mismo tiempo, defendió ideales y hasta inspiró una pseudo-religión (La Iglesia Maradoniana).También se acercó demasiado al umbral de la muerte en 2000 y 2004, pero supo eludirla con fintas azarosas. "Los que me creían muerto, que se jodan", disparó Diego, quien también reconoció: "Es evidente que tengo línea directa con el Barba ". El 10 de noviembre de 2001, en el partido de homenaje en la Bombonera, inmortalizó otra declaración de vida: "Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha".
La operación de bypass gástrico a la que se sometió en Colombia, en 2005, le permitió bajar 50 kilos en escasos meses. Luego, sobrevino el famoso programa televisivo y el showbol. En noviembre de 2008, la vida le dio una chance única: dirigir a su amada Selección Argentina. Debutó el 19 de ese mes ante Escocia, en el Hampden Park (triunfo por 1-0), y su mensaje motivador parecía ser el as de espadas. En febrero de 2009, Riquelme se bajó del proyecto por "códigos". El equipo no encontró identidad y quedó al borde de no ir al Mundial de Sudáfrica, luego de las derrotas ante Bolivia, Ecuador, Brasil y Paraguay. El gol de Palermo ante Perú y el triunfo sobre Uruguay en el Centenario disiparon los nubarrones. Entonces, llegó el cruce con un sector de la prensa ("La tienen adentro") y otra ola de polémicas.
El Diego técnico cambió críticas por elogios en el arranque del Mundial y el elenco argentino se instaló entre los favoritos, aun con sus problemas de equilibrio táctico. Sin embargo, la dolora
derrota ante Alemania en los cuartos hizo añicos el sueño sin piedad. La cúpula de la AFA pidió cambios en el cuerpo técnico y Maradona optó por no traicionar a sus ayudantes. No hubo acuerdo y el crack sentenció su adiós con dos feroces ataques: "Grondona me mintió y Bilardo me traicionó". La espina quedó clavada en el corazón y aún duele. Mientras tanto, el ídolo define qué nuevo desafío asumirá en esta vida de leyenda. Pero no hay duda alguna que, a la hora de soplar las velitas en Ezeiza, el Diez involucrará a la Selección en alguno de sus tres deseos. Que los cumplas, Diego Armando...
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