Literatura leprosa
Siguió caminando entre los centenarios árboles del Independencia. Fumó su cigarrillo y levantó la cabeza. “no es poca cosa” se dijo para sus adentros, ya iba a tener tiempo para lamentarse. Se dio vuelta y vio por última vez a su querido coloso, donde todavía había algunos resignados que no podían levantarse de sus asientos, que si por ellos fuera, se los llevarían a su casa. Se limpió el sudor con la remera del glorioso y saludó a un nenito que a su vez lo saludaba. Algunos minutos semanales para alentar a Newell’s y toda la vida para amarlo, ese era el tema, y lo que le permitía seguir en pie, poder sentir y pensar. Caminó por O. lagos hasta que quedó solo en una calle comida por las estrellas.
A la noche salía su vuelo a un lugar desconocido. Tenia algunas pocas ideas de lo que iba a ser su nueva vida, pero de lo que estaba seguro, era de que ya no iba a poder ir más a la cancha. Recordó su primer recuerdo, verlo a su viejo volver de arroyito con el primer título de la historia leprosa. Recordó su primer amor, el campeonato del 88’ y sus veinte años. Recordó su primer llanto y cuando le tocó los talones a la muerte cuando cientos de uruguayos enajenados apedrearon su auto, en nacional. Recordó que brasil no es solo samba, y que la única vez que estuvo ahí sufrió a la par del loco. Miles de recuerdos, y una lágrima colgaba de sus ojos. Miró su foto en el carnet de socio, y le pareció que estaba más viejo y canoso. Ahora, su último recuerdo fue un segundo puesto, y el adiós al coloso.
La mamá le enseñó a no mentir, y principalmente a no mentirse, por eso se hizo de Newell’s. El padre le enseñó que a las cosas hay que ponerles amor, por eso se hizo seguidor. La literatura le enseñó a pensar, y eso fue, el último punto en su fanatismo, los tres aspectos morales de un hincha ya estaban instalados en su corazoncito infantil. No se tenía que mentir, y recordó a su mamá, linda la vieja, lindos sus ojos, mamá, qué joven que estaba. Lagos al fondo, como pudo haber sido Oroño al comienzo o Pellegrini a la mitad, daba igual, por más gente que esté a su alrededor él iba a estar solo, al menos por un rato. Llegó a su casa y su mujer lo comprendió, y le besó la frente, el acarició su panza y besó al futuro leproso que se maceraba dentro de la feminidad. Pronto, en la melancolía del primer mundo tomaría una cerveza sobre un libro de Dostoievsky y fumaría un marlboro, viendo a Newell’s por televisión. No da para más. Se internó en su cama, recontó sus 41 años, una y otra vez. Las valijas hechas en la puerta. Su suegro había llegado para llevarlos a Ezeiza, ultimo mate. Descolgó el cuadro de Bielsa y se lo puso en el bolso. Las cuatro de la mañana y ya salieron, rumbo al cielo, y al instante de meditación, rumbo a la vida, y la lágrima en su ojo estaba más viva que nunca. En el viaje no se dijo una sola palabra. Cada cual tendría sus asuntos para estar en silencio, pero nuestro pequeño héroe de los que hay miles en esta ciudad tenia sed de grito. “por favor – le dijo a su suegro cuando estaban en Francia y 27- pasa por el coloso”. Dicho y hecho nuestro hincha se bajó del auto y cruzó un pequeño tramo de parque temblando. Se acercó a la mítica entrada donde se leía, BIENVENIDOS A LA CASA DEL CAMPEÓN, y miró el cielo, se arrodilló y lloró. Piel de gallina, o mejor dicho, piel de leproso para tanto amor. La garganta roja y las manos cerradas. El ritmo acelerado y un amor que se separa, pero estaba más vivo que nunca.
Se abrazó con el alambrado, se abrazó en la noche, era un abrazo de despedida, se iba de su vida, lo atrapó la noche, la oscuridad traga y no convida, quedó a la deriva, tal vez fue un derroche, los sentimientos más bendecidos, flotan como idos, lo besó en la noche, con un sabor desaparecido, que se fue contigo, él y Newell's se amaron, fue una despedida que nadie vio pero fue un fuerte abrazo de despedida.
Por Fidel Maguna
A la noche salía su vuelo a un lugar desconocido. Tenia algunas pocas ideas de lo que iba a ser su nueva vida, pero de lo que estaba seguro, era de que ya no iba a poder ir más a la cancha. Recordó su primer recuerdo, verlo a su viejo volver de arroyito con el primer título de la historia leprosa. Recordó su primer amor, el campeonato del 88’ y sus veinte años. Recordó su primer llanto y cuando le tocó los talones a la muerte cuando cientos de uruguayos enajenados apedrearon su auto, en nacional. Recordó que brasil no es solo samba, y que la única vez que estuvo ahí sufrió a la par del loco. Miles de recuerdos, y una lágrima colgaba de sus ojos. Miró su foto en el carnet de socio, y le pareció que estaba más viejo y canoso. Ahora, su último recuerdo fue un segundo puesto, y el adiós al coloso.
La mamá le enseñó a no mentir, y principalmente a no mentirse, por eso se hizo de Newell’s. El padre le enseñó que a las cosas hay que ponerles amor, por eso se hizo seguidor. La literatura le enseñó a pensar, y eso fue, el último punto en su fanatismo, los tres aspectos morales de un hincha ya estaban instalados en su corazoncito infantil. No se tenía que mentir, y recordó a su mamá, linda la vieja, lindos sus ojos, mamá, qué joven que estaba. Lagos al fondo, como pudo haber sido Oroño al comienzo o Pellegrini a la mitad, daba igual, por más gente que esté a su alrededor él iba a estar solo, al menos por un rato. Llegó a su casa y su mujer lo comprendió, y le besó la frente, el acarició su panza y besó al futuro leproso que se maceraba dentro de la feminidad. Pronto, en la melancolía del primer mundo tomaría una cerveza sobre un libro de Dostoievsky y fumaría un marlboro, viendo a Newell’s por televisión. No da para más. Se internó en su cama, recontó sus 41 años, una y otra vez. Las valijas hechas en la puerta. Su suegro había llegado para llevarlos a Ezeiza, ultimo mate. Descolgó el cuadro de Bielsa y se lo puso en el bolso. Las cuatro de la mañana y ya salieron, rumbo al cielo, y al instante de meditación, rumbo a la vida, y la lágrima en su ojo estaba más viva que nunca. En el viaje no se dijo una sola palabra. Cada cual tendría sus asuntos para estar en silencio, pero nuestro pequeño héroe de los que hay miles en esta ciudad tenia sed de grito. “por favor – le dijo a su suegro cuando estaban en Francia y 27- pasa por el coloso”. Dicho y hecho nuestro hincha se bajó del auto y cruzó un pequeño tramo de parque temblando. Se acercó a la mítica entrada donde se leía, BIENVENIDOS A LA CASA DEL CAMPEÓN, y miró el cielo, se arrodilló y lloró. Piel de gallina, o mejor dicho, piel de leproso para tanto amor. La garganta roja y las manos cerradas. El ritmo acelerado y un amor que se separa, pero estaba más vivo que nunca.
Se abrazó con el alambrado, se abrazó en la noche, era un abrazo de despedida, se iba de su vida, lo atrapó la noche, la oscuridad traga y no convida, quedó a la deriva, tal vez fue un derroche, los sentimientos más bendecidos, flotan como idos, lo besó en la noche, con un sabor desaparecido, que se fue contigo, él y Newell's se amaron, fue una despedida que nadie vio pero fue un fuerte abrazo de despedida.
Por Fidel Maguna
No tengo idea
de cómo arrancar este texto. He escrito poesías, he escrito ensayos, cuentos y notas periodísticas. He leído a Baudelaire, a Nietzsche, a Dostoievsky, pero eso de nada me sirve, porque hoy tengo que hablar de algo que me supera, de algo que va mas allá del bien y del mal, de un hecho que fue más que un hecho. Les voy a hablar de una fecha que quedará por siempre en mi memoria, el 12 de diciembre del 2004.
Argentina empezaba a salir de una crisis en la que estaba sumergida, pero todavía teníamos en nuestras mentes los recuerdos más desalentadores que se puedan imaginar. En cada esquina de cada barrio había algo de tristeza, un dejo de desilusión, y… Rosario se había privado de campeonatos desde el 92, ya habían pasado 12 años desde el último torneo obtenido por un equipo local, por lo que estábamos más tristes que cualquiera, ¡Ojo! Que eso no quiere decir que no llenábamos la cancha, que éramos felices con cada gol leproso; eso no quiere decir que los pibes no se embarraban en los picaditos, sólo que, ustedes saben, no es lo mismo.
Si empiezo debo empezar por mí, y mi situación. En ese entonces yo tenía 11 años recién cumplidos, y en casa no había un peso partido al medio. Como dijo Cappa el fútbol era lo único que podía ilusionarnos a nosotros, los pobres, los casi pobres, los de clase media, y hasta los ricos que no tienen nada que hacer con sus vidas en la cancha era hermano de todos.
En la cancha, con 11 años experimentaba la sensación más hermosa del mundo al estar con la gente que amo, siguiendo al club que amo, y sin sentir ningún tipo de desigualdad. Desde la platea techada hasta la popular baja éramos lo mismo, por lo menos durante 90 minutos.
El viernes 3 de diciembre empezó todo. Newells ese mismo fin de semana podía ser campeón. Hacía calor, lo recuerdo, muchísimo calor, y las clases todavía no habían terminado. Ese viernes mi viejo me fue a buscar a la escuela, en bicicleta, y, transpirado, antes de saludarme, sacó algo de su bolsillo y, sin decir palabra, me mostró dos papeles, papeles que conocía mucho: eran entradas, y en negro se leía Newell’s Old Boys-Gimnasia de la Plata. La gloria. No tengo palabras para ese momento, ni toda la poesía del mundo podrá decir lo que sentí, Ni Neruda, ni Benedetti, ni el mismísimo Martí podrían describirlo. Lágrimas, lágrimas infantiles, lágrimas por tener la posibilidad de ver a Newell´s campeón, lágrimas porque eran plateas, y las plateas estaban 40 pesos (en esa época era más que mucho). Lágrimas porque mi viejo estaba contento, lágrimas por todo. Ya saben que ese fin de semana goleamos a Gimnasia, pero eso no alcanzó, no importaba, ya se iba a dar, aunque yo, supuestamente, no iba a poder verlo.
Se entiende el gasto de 80 pesos para plateas, pero viajar a Buenos Aires era completamente imposible, exceptuando un detalle del que mis ilusiones se habían olvidado. El detalle se llamaba, y se llama, “tío”.
Los tíos son los tíos, ni padres, ni hermanos, ni amigos, una mezcla rara, pero quién no tiene un tío capaz de invitar un viaje, además de ser leproso hasta la médula. Ya tenía planeado con quien ver el partido y dónde verlo. Caía la noche del viernes 10 de diciembre, y el teléfono sonó. Sonó una vez, sonó dos veces, y en la tercera mi viejo atendió. Escuche un “okey” y un “bueno”. “Tu mamá – me dijo– tiene que hablar con vos, parece que tenés que rendir una materia, o algo así”. Casi asustado atendí.
—Hola, ¿mamá?
—Sí, hijo, ¿cómo estas?
(Mal, obviamente mal estaba, ya pensaba con quien festejar y ahora me venían con materias, escuela, cuentas y libros aburridos de historia).
—Te llamo porque llamó tu tío, ¿sabes? Dice algo de un partido… ah… sí, dice que tiene entradas para Independiente, ah, y que salen mañana temprano.
¿Cómo describir esta situación? Tomen de ejemplo mi emoción al enterarme de que iba a ver Newell’s-Gimnasia y multiplíquenlo por cien. Ni siquiera lloré, solo atiné a gritar “¡vamos la Lepra!”.
Y así fue como un sábado por la mañana partí con la remera a cuadritos, el gorrito del Glorioso, e ilusiones en mi cabeza rumbo a la gran Buenos Aires.
Pasamos un sábado intrascendente, nerviosos por el “mañana”, luciendo nuestras remeras rojinegras por todo Buenos Aires. Pero hay algo, un recuerdito menor al lado de todo lo anteriormente contado que me marcó más que el partido en sí, y fue el sábado a la tarde, al subir al subte, en plena tarde porteña, con mi tío, mi prima y mi primo, y ver en el vagón a no menos de 15 leprosos que bailaban y cantaban, verlos, ahí, tan lejos de casa, y con la misma remera que yo, esperando lo mismo que yo, y en el mismo lugar que yo es lo que me hizo y me hará creer siempre en la hermandad entre las personas, y esa tarde, la del 12 de diciembre, fue cuando dije: ¡somos todos hermanos, no entiendo las guerras, no entiendo el hambre! Éramos 40.000 personas lejos de casa, y como el día anterior en el tren me sentí entre familia, 40.011 individuos festejando lo mismo, jugadores e hinchas, todos lloramos, y esa tarde, fuimos todos hermanos.
